Un tren llamado Eãm.
Nunca sé si ese deseo que me inunda cada día es un reflejo de una infancia triste o si de verdad hay algo innato dentro de mí. Algo superior a lo racional, casi indescriptible. Tratando de darle color a este sentimiento no me nacen palabras lo suficientemente exactas sin que el agua me haga ver borroso. Quizá se me dé mejor hablar del lugar del que procede. Es un espacio oscuro, pequeño, si tuviera forma sería una espiral situada entre pecho y pecho, donde todo germina con raíces profundas. De pronto me imagino acariciando con la mayor de las ternuras, me sueño con ojeras largas propias del cuidar, escucho un llanto entremezclado con una nana y una risa de color arcoiris. Sabe a miel y reconforta lo mismo que un edredón en diciembre. Luego llega el año nuevo y todo es coser y andar. Cuido de familiares, plantas, cosas, sin embargo, todas me son prescindibles si las comparo con el ansia de no poder verme los pies de tanta alegría. La vocación permite que el deseo ...